Conrad, Joseph
El corazón de las tinieblas
A veces era lamentablemente pueril. Deseaba encontrarse con reyes que fueran a recibirlo en las estaciones ferroviarias, a su regreso de algún espantoso rincón del mundo, donde tenia el proyecto de realizar cosas magnas. "Usted les muestra que posee algo verdaderamente aprovechable y entonces no habrá límites para el reconocimiento de su capacidad", decía. "Por supuesto debe tener siempre en cuenta los motivos, los motivos correctos." Las largas extensiones que eran siempre como una misma e igual extensión, se deslizaban ante el barco con su multitud de árboles seculares que miraban pacientemente a aquel desastroso fragmento de otro mundo, el apasionado de los cambios, las conquistas, el comercio, las matanzas y las bendiciones. Yo miraba hacia adelante, llevando el timón. "Cierre los postigos", dijo Kurtz repentinamente un día. "No puedo tolerar ver todo esto." Lo hice. Hubo un silencio. "¡Oh, pero todavía te arrancaré el corazón!", le gritó a la selva invisible.
El barco se averió -como había temido-, y tuvimos que detenernos para repararlo en la punta de una isla. Fue esa demora lo primero que provocó las confidencias de Kurtz. Una mañana me dio un paquete de papeles y una fotografía. Todo estaba atado con un cordón de zapatos. "Guárdame esto", me pidió. "Aquel imbécil (aludía al director) es capaz de hurgar en mis cajas cuando no me doy cuenta." Por la tarde volví a verle. Estaba acostado sobre la espalda, con los ojos cerrados. Me retiré sin ruido, pero le oí murmurar: "Vive rectamente, muere, muere..." Lo escuché. Pero no hubo nada más. ¿Estaba ensayando algún discurso en medio del sueño, o era un fragmento de una frase de algún articulo periodístico? Había sido periodista, e intentaba volver a serlo. " Para poder desarrollar mis ideas. Es un deber."
La suya era una oscuridad impenetrable. Yo le miraba como se mira, hacia abajo, a un hombre tendido en el fondo de un precipicio, al que no llegan nunca los rayos del sol. Pero no tenia demasiado tiempo que dedicarle porque estaba ayudando al maquinista a desarmar los cilindros dañados, a fortalecer las bielas encorvadas, y otras cosas por el estilo. Vivía en una confusión infernal de herrumbre: limaduras, tuercas, clavijas, llaves, martillos, barrenos, cosas que detesto porque jamás me he logrado entender bien con ellas. Estaba trabajando en una pequeña fragua que por fortuna teníamos a bordo; trabajaba asiduamente con mi pequeño montón de limaduras, a menos que tuviera escalofríos demasiado fuertes y no pudiera tenerme en pie...
Una noche al entrar en la cabina con una vela me alarmé al oírle decir con voz trémula: "Estoy acostado aquí en la oscuridad esperando la muerte." La luz estaba a menos de un pie de sus ojos. Me esforcé en murmurar: "¡Tonterías!" Y permanecí a su lado, como traspasado.
No he visto nunca nada semejante al cambio que se operó en sus rasgos, y espero no volver a verlo. No es que me conmoviera. Estaba fascinado. Era como si se hubiera rasgado un velo. Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror... de una intensa e irredimible desesperación. ¿Volvía a vivir su vida, cada detalle de deseo, tentación y entrega, durante ese momento supremo de total lucidez? Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: "¡Ah, el horror! ¡El horror!"
Apagué de un soplo la vela y salí de la cabina( )